oliverafe_confrontacióndocencia
Mi primera confrontación con la docencia llegó a una temprana edad.
Yo era un buen estudiante y ya en la secundaria daba clases de apoyo
a algunos amigos. No eran clases muy formales: nos reuníamos en la
casa de alguno de nosotros y yo les explicaba la materia, luego
realizábamos algunos ejercicios y un repaso. Generalmente
estudiábamos materias como matemáticas, física o química, que
eran las que resultaban más áridas para mis compañeros. Estas
clases de apoyo me eran de mucha utilidad a mí mismo, pues me
servían para estudiar el examen, y mientras estudiaba no sólo
reforzaba mis conceptos sino que aprendía. Desde pequeño creo que
siempre he tenido un ansia voraz por nuevos conocimientos, que
desgraciadamente se ha ido moderando con el paso de los años, y creo
que esta primera experiencia con la docencia fue la que grabó en mi
mente la relación tan estrecha que existe entre enseñar y aprender,
tanto es así que creo que no se puede ser un buen maestro si uno no
se esfuerza por aprender a diario.
Tras este primer acercamiento pronto aprendí que de esta vocación
de enseñar también se podía vivir. Durante los siguientes años y
hasta que finalicé mis estudios de ingeniería dí clases
particulares a alumnos de secundaria y bachillerato, aunque nunca más
a compañeros de mi propia clase, para ganar algo de dinero. Este
dinero me permitía tener mis gastos y seguir estudiando sin tener
que recurrir constante a la ayuda de mis padres.
Sin embargo a pesar de estar varios años dando clases de apoyo a
estudiantes no me había planteado como objetivo profesional la
docencia. Pensaba que tras terminar mis estudios encontraría un
trabajo en la industria privada que me satisficiera. Sin embargo,
cuando sólo me faltaba mi tesis para acabar la ingeniería estuve
buscando un trabajo a media jornada que me permitiera ganar algo de
dinero mientras terminaba mis estudios. El trabajo que encontré,
gracias a un maestro que había tenido unos años atrás en mi tercer
año de ingeniería, fue en un laboratorio de investigación. Estuve
trabajando allí incluso después de haber finalizado mis estudios,
pues el trabajo realmente me gusto. Este trabajo, y toda la ayuda que
me proporcionaron en él, fue lo que me impulso a estudiar la
maestría. La maestría no sólo incremento mi motivación para
trabajar en el mundo de la investigación, sino también de retomar
la vocación de docente. A mi parecer docencia e investigación
tienen que ir dados de la mano, un buen investigador debe tener la
oportunidad de compartir con los estudiantes su conocimiento sobre su
área de estudio, pero además un docente no será un buen docente si
no actualiza constantemente en su área, y no hay mejor actualización
que el estudio del conocimiento frontera necesario para crear
conocimiento en la investigación.
Que buena actitud, me hace ver tu rostro de un ser que ayuda a competer porque el competir nos deja muchas lagunas de lo que verdaderamente debe ser un aprendizaje significativo, como el que dejaste en ellos que estoy seguro nunca te olvidan, sigue siendo ese ser que enseña para aprender tu mismo.
ResponderEliminarGracias por su comentario. Desde luego, hay que tratar de no perder la ilusión por la docencia y no olvidar que nos trajo donde estamos.
ResponderEliminarMtro. Fernando, que gusto leer sus inicios en la docencia y sobre todo con alumnos de secundaria y bachillerato, de verdad, admiro a los docentes que imparten en estos niveles, porque no es nada fácil, por la edad de los alumnos, porque están en la edad de la rebeldía, etc., sin embargo, cómo usted lo menciona no hay que perder la ilusión por la docencia y no olvidar que nos trajo donde estamos. Coincido que el ser docentes e investigadores deben ir de la mano y ojala todos los docentes lo pudieramos aplicar de una u otra manera.
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